Cuando se habla de agricultura y conservación, algunas personas erróneamente las ven como actividades opuestas. Sin embargo, nuestra forma de producir responsablemente demuestra que ambas pueden coexistir e incluso fortalecerse mutuamente cuando se apoya en información técnica que permita comprender mejor los ecosistemas.
Esta relación entre biodiversidad y producción puede observarse en nuestras operaciones en Costa Rica. En estas mantenemos cerca de 8.750 hectáreas destinadas a la conservación, una extensión equivalente a de 120 parques de La Sabana aproximadamente, incluyendo áreas protegidas como Montaña del Tigre, Río General y La Puna.
Los monitoreos realizados en estos espacios nos han permitido registrar 304 especies de aves, 19 especies de mamíferos, cuatro especies de felinos silvestres y ocho especies de murciélagos. Más allá de las cifras, estos hallazgos ayudan a comprender cómo funcionan los ecosistemas, qué acciones son necesarias para conservarlos a largo plazo, y en especial, que altos niveles de producción y protección del medioambiente pueden coexistir
Mucho más que animales
El cuidado de la biodiversidad suele asociarse con la protección de especies, pero va mucho más allá. También implica conservar fuentes de agua, proteger los suelos, favorecer la polinización y contribuir al equilibrio de las poblaciones de especies que interactúan entre sí.
Como explican Víctor Montalvo y Carolina Sáenz, especialistas en Conservación y Manejo de Vida Silvestre de la Universidad Nacional (UNA), los ecosistemas funcionan como un mecanismo en el que cada componente cumple una función específica. Durante un monitoreo de biodiversidad, los especialistas no solo observan qué especies están presentes, también analizan cómo interactúan entre sí y qué información aportan sobre la salud general del paisaje. Por eso, la desaparición de una especie puede convertirse en una señal de alerta sobre cambios más profundos que están ocurriendo en el entorno.
Hacer más cercana la relación entre producción y conservación
Montalvo explica que conservar no significa excluir por completo el uso de los recursos naturales, sino gestionarlos de manera responsable para que puedan mantenerse en el tiempo.
Por ejemplo, mantener áreas boscosas, proteger corredores biológicos y conservar las zonas cercanas a ríos y quebradas son algunas de las acciones que ayudan a reducir impactos y fortalecer la resiliencia ambiental. Estas medidas también permiten que los paisajes productivos integren espacios donde la biodiversidad pueda mantenerse, desplazarse y cumplir funciones esenciales dentro del ecosistema.
Un reto notorio en la conservación
Muchas veces los impactos se analizan cuando ya ocurrieron. Sin embargo, lo más pertinente es acudir al monitoreo científico, ya que permite generar información mientras las actividades productivas se desarrollan y facilita la identificación temprana de posibles riesgos para la biodiversidad.
Bajo esta visión surge el convenio entre Del Monte y la Universidad Nacional (UNA), una alianza orientada a estudiar la biodiversidad presente en áreas de conservación vinculadas a la operación agrícola. El proyecto busca conocer qué especies habitan estos espacios, cómo utilizan el paisaje y qué condiciones favorecen su permanencia en el tiempo.
Según Sáenz, este tipo de alianzas permite desarrollar investigaciones de largo plazo y generar conocimiento útil para comprender mejor los impactos sobre la biodiversidad, identificar oportunidades de mejora y fortalecer tanto la conservación como la actividad productiva.